Rubén Castillo
La victoria de la Selección Mexicana frente a Ecuador dejó una enorme alegría entre millones de aficionados. Sin embargo, esa celebración también estuvo marcada por una noticia profundamente lamentable: cuatro personas perdieron la vida durante los festejos.
¿Cómo es posible que un momento de felicidad colectiva termine en una tragedia?
Es una pregunta que obliga a reflexionar. Las primeras versiones señalan que tres de las víctimas fallecieron a consecuencia de asfixia o aplastamiento provocado por la multitud. Cuando más de un millón de personas se concentran en un mismo espacio, cualquier descuido, empujón o conducta irresponsable puede desencadenar consecuencias fatales.
En este tipo de concentraciones suelen aparecer conductas de alto riesgo: personas que empujan, corren o realizan dinámicas como "remar" sobre la multitud, sin medir el peligro que representan para quienes se encuentran alrededor. Lo que para algunos parece una diversión puede convertirse en una amenaza para cientos de familias.
Pero esta tragedia también obliga a revisar la responsabilidad de las autoridades. Protección civil y los cuerpos de seguridad no deben limitarse a atender las consecuencias cuando ocurre un accidente; su principal función es prevenirlo.
En eventos de esta magnitud debieron implementarse medidas como limitar el acceso una vez alcanzada la capacidad segura, dividir a los asistentes en diferentes zonas con pantallas gigantes para evitar la concentración masiva en un solo punto, mantener operativos permanentes de Protección Civil, Policía y Bomberos, instalar vallas para controlar los flujos de personas y reforzar las acciones para impedir el consumo excesivo de alcohol en las áreas de concentración.
No basta con conocer el número de personas fallecidas. También habrá quienes resultaron lesionados, sufrieron crisis nerviosas, golpes o secuelas que muchas veces no aparecen en los titulares.
Sin embargo, la responsabilidad también es ciudadana. Quienes asisten a este tipo de festejos deben evitar ingresar a zonas completamente saturadas, procurar espacios abiertos, no llevar niños pequeños a lugares donde exista riesgo de aglomeraciones y mantener siempre una vía de salida.
Y hay un aspecto que no debemos olvidar: la euforia modifica nuestro comportamiento. La emoción de una victoria ya genera una descarga de sustancias como dopamina y endorfinas que alteran nuestra percepción y favorecen conductas impulsivas. Si a ello se suma el consumo de alcohol, el riesgo aumenta considerablemente.
Por eso, el mejor festejo es el que termina con todos de regreso en casa. Si vas a celebrar, hazlo con responsabilidad. Si decides beber, no conduzcas ni te expongas a situaciones de riesgo. Cuida de tus hijos, de tu familia y de quienes te rodean.
El fútbol debe unirnos, no arrebatarnos vidas. Ninguna victoria vale más que la seguridad de nuestras familias.