La crisis humanitaria que vive México ya no puede ocultarse detrás de discursos, campañas de imagen ni conferencias mañaneras. Pero parece que nuestros gobiernos han decidido apostar justamente por eso: por la indiferencia, la frivolidad y el enajenamiento. Y sí, hablo tanto del gobierno federal de Morena encabezado por Claudia Sheinbaum, como del gobierno estatal de Pablo Lemus y Movimiento Ciudadano en Jalisco.
La semana pasada se reportaron 43 personas desaparecidas en el Área Metropolitana de Guadalajara en apenas cinco días, del 18 al 22 de mayo. Una cifra brutal. Alarmante. De esas que deberían paralizar al gobierno entero y activar una estrategia inmediata de seguridad e inteligencia. Pero no. Parece que en Casa Jalisco no llegó la noticia o, peor aún, que la estrategia consiste en esconder la cabeza como avestruz y esperar a que la euforia mundialista termine sepultando el tema entre conciertos, turismo y propaganda.
Nada más banal. Nada más insensible.
Mientras tanto, los colectivos de madres buscadoras siguen haciendo el trabajo que el Estado abandonó hace años. Ellas, no el gobierno, han encontrado lo que parecen ser centros de reclutamiento y exterminio con crematorios clandestinos improvisados en Lagos de Moreno y Tlajomulco de Zúñiga. Escenarios que recuerdan inevitablemente al horror del Rancho Izaguirre.
Pero incluso frente a eso, el gobierno insiste en maquillar la tragedia con eufemismos ridículos. El Coordinador General Estratégico de Seguridad, Roberto Alarcón Estrada, prácticamente pidió no llamarles “crematorios clandestinos”, sino “estructuras improvisadas para deshacerse de restos biológicos”. Una frase tan absurda que ni el "Super portero" Eugenio Derbez habría dicho.
Claro, porque en la nueva narrativa oficial las palabras importan más que la realidad. Ya no hay desaparecidos: hay “ausencias”. Ya no hay crisis: hay “percepción”. Los trenes no descarrilan, “presentan desplazamientos”. Y así, entre juegos semánticos y propaganda institucional, pretenden borrar las huellas de un país cada vez más violento.
Cambian las palabras para no cambiar los resultados.
El problema es que las cifras terminan golpeando la puerta, aunque quieran esconderlas. Recientemente, el estudio de la organización Jalisco Cómo Vamos reveló un dato devastador: una de cada diez familias en la Zona Metropolitana de Guadalajara tiene un integrante desaparecido. En 2016, cuando comenzó esta medición, el porcentaje era del 2%. Hoy ronda el 9%.
Ese dato no describe una “incidencia”. Describe una tragedia colectiva.
Describe un estado donde miles de familias viven entre la incertidumbre, el miedo y el abandono institucional. Describe también el fracaso de gobiernos que prefieren administrar la narrativa antes que enfrentar la realidad.
Porque callar también es una forma de complicidad.
No escuchar a las víctimas. No investigar. No prevenir. No acompañar a las familias. No construir estrategias permanentes de inteligencia y seguridad. Todo eso tiene consecuencias. Pero da la impresión de que estos gobiernos están más preocupados por la foto internacional, por el espectáculo y por el Mundial, que por devolverle la paz a los ciudadanos.
Parecen convencidos de que gobernar consiste en posar con BTS, saludar desde un balcón junto a Bono o bailar al ritmo de la fiesta mundialista mientras el estado se desmorona.
Y no.
Gobernar significa asumir responsabilidades. Significa enfrentar al crimen, no administrar conferencias de prensa. Significa proteger a los ciudadanos, no corregir términos para que las estadísticas se vean menos crueles.
El tiempo se les está acabando. Y aunque muchos políticos crean que la memoria ciudadana dura lo mismo que una tendencia en redes sociales, hay heridas que no se olvidan. Mucho menos cuando todos los días siguen desapareciendo personas.
La pregunta es inevitable: ¿de verdad les urge tanto que empiece el Mundial para distraer la conversación pública? ¿O será que el creciente enojo social y las amenazas de boicot ya comenzaron a convertir esa vitrina internacional en un riesgo político?
¿Tú qué piensas?
